Daniela Chavarro
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Obsolescencia programada
En los años XX del
siglo pasado cuando se empezó a fraguar lo que conocemos en la actualidad como
la obsolescencia programada.
Podemos definir la obsolescencia programada como el intento por parte del fabricante
de un bien de reducir el ciclo de vida de un producto para que el consumidor se
vea obligado a adquirir otro similar.
Las
empresas crean productos que duren poco tiempo para asi incentivar al consumo, esto
nos lleva buscar la felicidad a través
del consumo desmesurado. Un claro ejemplo de la obsolescencia programada es el
de la bombilla.
Tras
la crisis económica de 1929 se produjo una ley que era la obsolescencia programada que pretendía
que todo los productos tuvieran fecha de caducidad para maxilar los beneficios
y generar empleo.
En California, en una
estación de bomberos existe una bombilla que lleva prendida más de un siglo. El
origen de la bombilla, la fabricaron en Ohio en 1895, es un invento de Adolphe.
Nadie sabe porque duro tanto la bombilla, es un secreto que se llevo a la
tumba. Luego la bombilla se convirtió en la primera victima de la obsolescencia
programa.
Otro ejemplo son las medias de nailon. A finales de los
años 20, este tipo de medias eran casi
irrompibles. Debido al descenso de las ventas dado que las mujeres no
necesitaban comprar otras, años después se comenzaron a comercializar las
dichosas medias que toda mujer conoce, las cuales se rompen con extremada
facilidad. En cuanto a las impresoras,
cuando se rompen puedes llevarlas a reparar, pero la mayoría de las veces te
encontrarás con la rúbrica de que es más barato comprar una que arreglarla.
A esta lista se suman los automóviles. Muchas veces he
escuchado decir que en los años 50 y 60, la vida útil de un coche era el doble
que en la actualidad, cuya duración media no supera las tres décadas. Ni que
decir tiene la obsolescencia programada que sufren piezas de los coches como
los frenos, los cuales, tras un número de frenados, comienzan a perder
capacidad.
En un principio el objetivos
de las empresas era crear objetos de buena calidad y que duraran mucho tiempo,
los fabricantes destacaban la larga duración de sus productos. Pero después de
un tiempo la meta era reducir el tiempo de duración de cada producto.
Una variante de la obsolescencia
programada es la obsolescencia
percibida. Esta se produce cuando la maquinaria publicitaria saca todas
sus armas para crear en el consumidor la necesidad de poseer el último modelo
lanzado.
La obsolescencia programada puede
esconderse bajo un eslogan como” hacer
la vida más fácil”, “adaptarse a los tiempos que corren”, etc. Aunque
podamos seguir utilizando el “menos nuevo”, hacen que nos encaprichemos con
otro más grande y bonito pero de similares funcionalidades.
Las consecuencias de este
fenómeno son claras, el bolsillo del consumidor se ve afectado. También
compramos cosas que no necesitamos con dinero que tampoco en realidad tenemos.
Nuestra sociedad esta
creciendo en una economía, donde no compramos por necesidad si no comprar por
comprar.
Por otro lado, las consecuencias psicológicas también son
evidentes. Llegan incluso a modificar nuestras pautas de consumos (comprar,
usar, tirar, comprar…) haciéndonos desear productos que ni necesitamos.
Sin embargo, el principal
problema está en la gran cantidad de
residuos que se originan actualmente al realizarse este fenómeno una y
otra vez en todo el mundo. Es por esto que la sostenibilidad de este modelo a
largo plazo es muy discutida por organizaciones ecologistas.
Este fenomeno esta creando un grave problema al medio ambiente.
Agbogbloshie es un barrio de la ciudad
Accra, Ghana, y es un claro caso de este problema, el cual se ha
convertido en un vertedero para
chatarra electrónica procedente de Europa y Norteamérica, considerado el
mayor del mundo.
Hasta ahora, era en Asia, China o India donde terminaba el 70% de esta
basura tecnológica, pero en los últimos años, Occidente ha movido el vertedero a África (sobre todo en Ghana y Nigeria).
La exportación de residuos
electrónicos es ilegal en la Unión Europea, pero la Agencia de
Protección Ambiental estadounidense lo clasifica como reciclaje legítimo.
Se estima que, aunque se dice que el envío de material
electrónico usado se hace para ‘reducir la brecha digital’, en muchos
casos estos equipos son inservibles
(entre un 25% y un 75%). Se transportan en contenedores etiquetados como
“mercancía de segunda mano” ya que las leyes de la UE sí permiten exportar
productos reutilizables.
Ordenadores, impresoras,
teléfonos móviles, neveras… En todos estos productos se ha reducido la vida útil: aparatos con los que convivimos ya en
nuestro día a día, duran apenas unos años, y de repente dejan de funcionar. A
esto, hay que unir la inmediatez a la
hora de salida al mercado de nuevos últimos modelos, con
actualizaciones, correcciones… que nos invitan a consumir de nuevo, generando
unas ingentes
cantidades de basura electrónica en países desarrollados.
Para
poder evitar esto debemos exigir en la
medida en la que podamos, el fin de la obsolescencia programada. Elegir
marcas que sepamos que duran más sus productos, exigir en los comercios
productos que duren. Francia
ha tomado duras medidas recientemente contra la obsolescencia
programada, y los empresarios estarán expuestos a penas de cárcel y a multas
las compañías, que podrán ascender hasta los 300.000 euros si se descubre que
se llevan a cabo este tipo
de prácticas. Pedir que
aumenten los tiempos de garantía de los productos, y que se garantice la
existencia de piezas de sustitución.
Reciclar nuestros desechos
electrónicos de forma correcta y exigir que los fabricantes eliminen las sustancias peligrosas en
estos productos.
En mi opinión, en la actualidad vivimos en un mundo “materialista” ya
que todo gira en torno del dinero y lo material. La mayoría están pendientes
del ultimo producto que saco cada marca sin importar si le gusta, el precio o
si es de buena calidad, solo les importa decir que tienen lo ultimo y más caro.
Así mismo el consumidor gasta dinero que no tiene en los productos con tal de
obtenerlos. Pienso que ni siquiera es culpa de las empresas, es culpa de la
sociedad en la que estamos.
En un mundo donde lo que prima es la
rentabilidad económica y el consumo masivo que puede proporcionar dicha
rentabilidad, queda limitada la posibilidad de los gobiernos de generar y
aplicar políticas serias destinadas a prevenir y/o minimizar el impacto
ambiental y a concientizar a la población sobre la necesidad de transformarnos
en consumidores responsables.
Bibliografía
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