viernes, 4 de septiembre de 2015


Daniela Chavarro
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Obsolescencia programada
En los años XX del siglo pasado cuando se empezó a fraguar lo que conocemos en la actualidad como la obsolescencia programada.
Podemos definir la obsolescencia programada como el intento por parte del fabricante de un bien de reducir el ciclo de vida de un producto para que el consumidor se vea obligado a adquirir otro similar.
Las empresas crean productos que duren poco tiempo para asi incentivar al consumo, esto nos lleva  buscar la felicidad a través del consumo desmesurado. Un claro ejemplo de la obsolescencia programada es el de la bombilla.
Tras la crisis económica de 1929 se produjo una ley que era la  obsolescencia programada que pretendía que todo los productos tuvieran fecha de caducidad para maxilar los beneficios y generar empleo.

En California, en una estación de bomberos existe una bombilla que lleva prendida más de un siglo. El origen de la bombilla, la fabricaron en Ohio en 1895, es un invento de Adolphe. Nadie sabe porque duro tanto la bombilla, es un secreto que se llevo a la tumba. Luego la bombilla se convirtió en la primera victima de la obsolescencia programa.
Otro ejemplo son las medias de nailon. A finales de los años 20, este tipo de medias eran casi irrompibles. Debido al descenso de las ventas dado que las mujeres no necesitaban comprar otras, años después se comenzaron a comercializar las dichosas medias que toda mujer conoce, las cuales se rompen con extremada facilidad. En cuanto a las impresoras, cuando se rompen puedes llevarlas a reparar, pero la mayoría de las veces te encontrarás con la rúbrica de que es más barato comprar una que arreglarla.
A esta lista se suman los automóviles. Muchas veces he escuchado decir que en los años 50 y 60, la vida útil de un coche era el doble que en la actualidad, cuya duración media no supera las tres décadas. Ni que decir tiene la obsolescencia programada que sufren piezas de los coches como los frenos, los cuales, tras un número de frenados, comienzan a perder capacidad.
En un principio el objetivos de las empresas era crear objetos de buena calidad y que duraran mucho tiempo, los fabricantes destacaban la larga duración de sus productos. Pero después de un tiempo la meta era reducir el tiempo de duración de cada producto.        

Una variante de la obsolescencia programada es la obsolescencia percibida. Esta se produce cuando la maquinaria publicitaria saca todas sus armas para crear en el consumidor la necesidad de poseer el último modelo lanzado.
La obsolescencia programada puede esconderse bajo un eslogan como” hacer la vida más fácil”, “adaptarse a los tiempos que corren”, etc. Aunque podamos seguir utilizando el “menos nuevo”, hacen que nos encaprichemos con otro más grande y bonito pero de similares funcionalidades.
Las consecuencias de este fenómeno son claras, el bolsillo del consumidor se ve afectado. También compramos cosas que no necesitamos con dinero que tampoco en realidad tenemos.
Nuestra sociedad esta creciendo en una economía, donde no compramos por necesidad si no comprar por comprar.

Por otro lado, las consecuencias psicológicas también son evidentes. Llegan incluso a modificar nuestras pautas de consumos (comprar, usar, tirar, comprar…) haciéndonos desear productos que ni necesitamos.
Sin embargo, el principal problema está en la gran cantidad de residuos que se originan actualmente al realizarse este fenómeno una y otra vez en todo el mundo. Es por esto que la sostenibilidad de este modelo a largo plazo es muy discutida por organizaciones ecologistas.

Este fenomeno esta creando un grave problema al medio ambiente. Agbogbloshie es un barrio de la ciudad Accra, Ghana, y es un claro caso de este problema, el cual se ha convertido en un vertedero para chatarra electrónica procedente de Europa y Norteamérica, considerado el mayor del mundo.
Hasta ahora, era en Asia, China o India donde terminaba el 70% de esta basura tecnológica, pero en los últimos años, Occidente ha movido el vertedero a África (sobre todo en Ghana y Nigeria). La exportación de residuos electrónicos es ilegal en la Unión Europea, pero la Agencia de Protección Ambiental estadounidense lo clasifica como reciclaje legítimo.
Se estima que, aunque se dice que el envío de material electrónico usado se hace para ‘reducir la brecha digital’, en muchos casos estos equipos son inservibles (entre un 25% y un 75%). Se transportan en contenedores etiquetados como “mercancía de segunda mano” ya que las leyes de la UE sí permiten exportar productos reutilizables.

Ordenadores, impresoras, teléfonos móviles, neveras… En todos estos productos se ha reducido la vida útil: aparatos con los que convivimos ya en nuestro día a día, duran apenas unos años, y de repente dejan de funcionar. A esto, hay que unir la inmediatez a la hora de salida al mercado de nuevos últimos modelos, con actualizaciones, correcciones… que nos invitan a consumir de nuevo, generando unas ingentes cantidades de basura electrónica en países desarrollados.

Para poder evitar esto debemos exigir en la medida en la que podamos, el fin de la obsolescencia programada. Elegir marcas que sepamos que duran más sus productos, exigir en los comercios productos que duren. Francia ha tomado duras medidas recientemente contra la obsolescencia programada, y los empresarios estarán expuestos a penas de cárcel y a multas las compañías, que podrán ascender hasta los 300.000 euros si se descubre que se llevan a cabo este tipo de prácticas. Pedir que aumenten los tiempos de garantía de los productos, y que se garantice la existencia de piezas de sustitución. Reciclar nuestros desechos electrónicos de forma correcta y exigir que los fabricantes eliminen las sustancias peligrosas en estos productos.
En mi opinión, en la actualidad vivimos en un mundo “materialista” ya que todo gira en torno del dinero y lo material. La mayoría están pendientes del ultimo producto que saco cada marca sin importar si le gusta, el precio o si es de buena calidad, solo les importa decir que tienen lo ultimo y más caro. Así mismo el consumidor gasta dinero que no tiene en los productos con tal de obtenerlos. Pienso que ni siquiera es culpa de las empresas, es culpa de la sociedad en la que estamos.
En un mundo donde lo que prima es la rentabilidad económica y el consumo masivo que puede proporcionar dicha rentabilidad, queda limitada la posibilidad de los gobiernos de  generar y aplicar políticas serias destinadas a prevenir y/o minimizar el impacto ambiental y a concientizar a la población sobre la necesidad de transformarnos en consumidores responsables.



Bibliografía

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